Parece
que este año está siendo abundante en lobos. Pueden dar fe de ello los ganaderos que han
visto menguados sus rebaños de ovejas, cabras, potros y terneros, atacados
tanto en las zonas altas y habituales, como en otros lugares no tan altos y en
los que los lobos eran historia desde los años treinta del siglo pasado. Otro “termómetro”
importante que nos confirma esta noticia son las cacerías de jabalí, en las que
se llevan cobrados en lo que va de temporada un buen puñado de ellos. Y sobre
esta explosión repentina de las poblaciones lobunas hay, como siempre,
opiniones para todos los gustos, desde los que piensan que ha sido un buen año
de cría a los que se inclinan por pensar que este incremento demográfico se ha
visto ayudado por alguna mano externa interesada en matar dos pájaros de un
tiro: conseguir que haya más lobos y menos ganaderos.
Hubo
un tiempo, no muy lejano, en el que los lobos campaban a sus anchas por toda la
región de Cantabria (entonces llamada provincia de Santander), incluso en las
zonas costeras en las que a comienzos del siglo XX se producían ataques al
ganado a plena luz del día. Todavía era la época dorada del lobo, aunque no tan
dorada para los habitantes de las zonas rurales que eran quienes lo mantenían y
sufrían. Conviene recordar que hasta los años veinte del siglo pasado una
familia media de cualquier pueblo de Cantabria no contaban con más cinco o seis
vacas y una veintena de cabezas de ganado menor, y en algunos casos unas cuantas
yeguas. Algunos tenían más, naturalmente, pero algunos ni siguiera llegaban a
eso. Tenían lo que entonces se llamaba “vacas de amo”, es decir, las cuidaban
por muy poca cosa, pero no eran los propietarios. Imaginen la “calidad de vida” de esas gentes
que con muchos trabajos, poco sustento y ninguna comodidad, veían mermada su
miseria año tras año por los ataques de los lobos, los tasugos que arrasaban
sus maizales y la rámila, el zorro, la comadreja y el vilano, que se ocupaban
de sus gallineros.
Puede
resultar trágico y brutal para la delicada sensibilidad de los urbanitas
modernos y los fundamentalistas del asunto medioambiental, pero a estas alturas
es un hecho indiscutible que los humanos no podemos competir en igualdad de
condiciones con la naturaleza pura y dura. Para sobrevivir y progresar necesitamos
sobreponernos al medio y modelarlo a nuestra conveniencia a base de una
superior capacidad intelectual.
Se
piensa con mucha templanza, equilibrio entre especies y sensibilidad ambiental
cuando uno se encuentra en cómodos despachos con calefacción en invierno, aire
acondicionado en verano, ropa que dejamos hacerse vieja sin estrenar y bífidus
en la nevera porque ya no sabemos qué comer. Pero para que todo eso haya sido
posible, ha habido que roturar los magníficos bosques de robles (la bellotas
son amargas) hacer prados y tierras de labranza a puro h. y reducir las
poblaciones de las especies que nos lo impedían a números puramente
testimoniales. Si no lo hubiéramos hecho así, seguiríamos viviendo como hace
cien años: pasando hambre, vistiendo un jubón viejo y roto, calzando albarcas y
escarpines en invierno y descalzos en verano. Y nuestros viajes más largos
serían a la mili y a la guerra en el caso de los hombres y al mercado en el
caso de las mujeres. Eso sí que era vida natural, pero seguro que no nos gustaría.
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