Contamos contigo

Gracias por visitarnos, animate y unete a la plataforma entre todo conseguiremos que nos escuchen y dejen de reirse de los CAZADORES

viernes, 22 de noviembre de 2013

UNA DE LOBOS


Parece que este año está siendo abundante en lobos. Pueden dar fe de ello los ganaderos que han visto menguados sus rebaños de ovejas, cabras, potros y terneros, atacados tanto en las zonas altas y habituales, como en otros lugares no tan altos y en los que los lobos eran historia desde los años treinta del siglo pasado. Otro “termómetro” importante que nos confirma esta noticia son las cacerías de jabalí, en las que se llevan cobrados en lo que va de temporada un buen puñado de ellos. Y sobre esta explosión repentina de las poblaciones lobunas hay, como siempre, opiniones para todos los gustos, desde los que piensan que ha sido un buen año de cría a los que se inclinan por pensar que este incremento demográfico se ha visto ayudado por alguna mano externa interesada en matar dos pájaros de un tiro: conseguir que haya más lobos y menos ganaderos.
Hubo un tiempo, no muy lejano, en el que los lobos campaban a sus anchas por toda la región de Cantabria (entonces llamada provincia de Santander), incluso en las zonas costeras en las que a comienzos del siglo XX se producían ataques al ganado a plena luz del día. Todavía era la época dorada del lobo, aunque no tan dorada para los habitantes de las zonas rurales que eran quienes lo mantenían y sufrían. Conviene recordar que hasta los años veinte del siglo pasado una familia media de cualquier pueblo de Cantabria no contaban con más cinco o seis vacas y una veintena de cabezas de ganado menor, y en algunos casos unas cuantas yeguas. Algunos tenían más, naturalmente, pero algunos ni siguiera llegaban a eso. Tenían lo que entonces se llamaba “vacas de amo”, es decir, las cuidaban por muy poca cosa, pero no eran los propietarios.  Imaginen la “calidad de vida” de esas gentes que con muchos trabajos, poco sustento y ninguna comodidad, veían mermada su miseria año tras año por los ataques de los lobos, los tasugos que arrasaban sus maizales y la rámila, el zorro, la comadreja y el vilano, que se ocupaban de sus gallineros.
Puede resultar trágico y brutal para la delicada sensibilidad de los urbanitas modernos y los fundamentalistas del asunto medioambiental, pero a estas alturas es un hecho indiscutible que los humanos no podemos competir en igualdad de condiciones con la naturaleza pura y dura. Para sobrevivir y progresar necesitamos sobreponernos al medio y modelarlo a nuestra conveniencia a base de una superior capacidad intelectual.
Se piensa con mucha templanza, equilibrio entre especies y sensibilidad ambiental cuando uno se encuentra en cómodos despachos con calefacción en invierno, aire acondicionado en verano, ropa que dejamos hacerse vieja sin estrenar y bífidus en la nevera porque ya no sabemos qué comer. Pero para que todo eso haya sido posible, ha habido que roturar los magníficos bosques de robles (la bellotas son amargas) hacer prados y tierras de labranza a puro h. y reducir las poblaciones de las especies que nos lo impedían a números puramente testimoniales. Si no lo hubiéramos hecho así, seguiríamos viviendo como hace cien años: pasando hambre, vistiendo un jubón viejo y roto, calzando albarcas y escarpines en invierno y descalzos en verano. Y nuestros viajes más largos serían a la mili y a la guerra en el caso de los hombres y al mercado en el caso de las mujeres. Eso sí que era vida natural, pero seguro que no nos gustaría.

No hay comentarios:

Publicar un comentario